ingeniería

Diego Patiño

estudio de ingeniería y arquitectura cotpa_

Construcciones a prueba de cambio climático

Empezaron como casos absolutamente aislados pero, por desgracia, se están tornando en habituales. Los fenómenos meteorológicos llevados al extremo, tanto por un lado como por el otro, están dejando una huella altamente preocupante alrededor del mundo: incendios en meses considerados fríos como noviembre o diciembre; lluvias torrenciales donde —y hasta ahora— llovía de manera más que controlada. La zona más seca del planeta —el desierto de Atacama, en Chile— ha registrado estos días más lluvias que en los últimos 500 años. En España, en Mallorca, las torrenciales lluvias de Sant Llorenc dejaron la asombrosa cifra de 233 litros por metro cuadrado y según la AEMET la probabilidad de que esto suceda es de una entre mil años. Sin embargo, días después sucedió algo similar en Italia y sur de Francia. Estas nuevas condiciones climáticas nos obligan a implantar nuevos materiales constructivos y formas de construir que sean resistentes a esta nueva realidad.

En zonas donde las nevadas son copiosas —casi desde el mes de noviembre hasta mayo— se optó por colocar tejados cuyas cubiertas tuvieran la suficiente inclinación para que la nieve no se apelmazara, escurriera y cayera a la tierra, evitando comprometer la estructura de la vivienda. Así, en otras regiones donde la humedad o las lluvias son más prominentes, las viviendas se han ejecutado empleando determinados materiales que las dotaban de un confort extra; mientras que en zonas extremadamente calurosas –y para evitar que el calor se concentre en la vivienda- se estudian determinadas orientaciones que aporte cierto frescor a sus moradores.

La virulencia de los terremotos en determinadas áreas del planeta obligan a estudiar la ejecución de soluciones constructivas en lo relativo a cimentaciones, estructuras y paramentos resistentes a los movimientos sísmicos.

Hoy el reto consiste en construir viviendas que sean capaces de soportar no ya sólo las inclemencias lógicas de la zona, sino también de otras nuevas fruto de este cambio climático. Para ello es cada vez más necesario investigar y trabajar en tipos de construcción denominadas resilientes; nuevas construcciones para las cuales se podrían emplear materiales plásticos capaces de absorber gigantescas cargas. Si hasta hace apenas unos pocos años, a la hora de construir, se tenían en cuenta series históricas y se trabajaba con probabilidades para adaptar la construcción al terreno, hoy esa situación se ha modificado. Una de las variables con las que se trabajaba era la denominada “periodo de retorno”, que es tanto como decir el tiempo (estimado) en el que se producirá un determinado fenómeno natural. Por ello hay construcciones que son levantadas con la certeza de que podrán resistir impávidas durante siglos, mientras que otras se construyen a sabiendas que su vida útil quizá no exceda de 1 o 2 siglos…

Venecia acumula año tras año torrenciales lluvias que ponen en peligro la desaparición definitiva de la ciudad.

La problemática a la que hoy día los estudios de ingeniería y arquitectura se enfrentan es la intensidad de esos fenómenos. Hace apenas un lustro empezaron a catalogarse las ciclogénesis explosivas, fenómenos meteorológicos donde la lluvia y el viento se aúnan pero con una fuerza e intensidad desmedida, causando estragos allá por donde pasaban: derribo de obras, desprendimiento de mobiliario, árboles, etc. Y aquí, una buena vara de medir cómo la intensidad ha crecido espectacularmente es el coste de los siniestros producidos directamente por fenómenos meteorológicos. Según la aseguradora Allianz, en los años 70 tuvo que desembolsar cerca de 5.000 millones para cubrir todos los destrozos por esta causa. Dos décadas después, la cifra escala hasta los 40.000 millones de dólares, cantidad que nos da una somera idea de cuan virulenta ha sido la actividad por estos fenómenos.

Así pues, parece casi una obligación por parte de los Ingenieros y Arquitectos estudiar qué materiales emplear para desarrollar construcciones más seguras y minimizar así esta factura a los usuarios finales; quizás un sobrecosto para nosotros mismos por la cantidad de horas de ingeniería que debemos abordar pero con la satisfacción de poder entregar soluciones más efectivas adaptadas a las nuevas realidades. Una construcción que —como ya hemos mencionado— es resiliente y que, cada vez más, es concebida como una inversión (no un gasto) en términos económicos, dotando de una mayor resistencia al impacto de dichos fenómenos meteorológicos; amén de evitar miles si no millones de euros en pérdidas.